Cristina López Zumel2 min de lectura
A los treinta, los padres se convierten en hijos y los hijos en padres. Eso es lo que creemos los hijos.
«No os confundáis de aeropuerto», «¿lleváis el pasaporte?», «poned el móvil en modo avión para que no os cobren los datos». Nos olvidamos de que tenemos treinta, edad que ellos tuvieron antes de llegar a los cuarenta, cincuenta y sesenta. Pero ya no hay vuelta atrás: la preocupación va in crescendo de un modo absurdo. Querrás llevarles las maletas, arroparlos en la cama. Te vuelves subnormal. Sus conversaciones se vuelven las más interesantes. Los llamaste fachas o rojos en tu adolescencia, sí, pero ahora quieres saber qué opinan de la crisis del petróleo. La curva de enamoramiento alcanza puntos máximos, el cohete ha despegado.
Quieres demostrar que no te confundes de metro en una ciudad de 33 millones de habitantes y te produce satisfacción pagar tú todo lo que te dejen. Tranquilo, ya solo les debes cien euros menos que esos miles que invirtieron en tu educación, carnet de conducir y viajes de estudios. Pero tú, ahí, dale que dale, pensando que eres una máquina. Pedazo de hija.
Un momento: te has perdido. «Por aquí no era —dices—, creo que hemos cogido el metro en dirección contraria». Te frustras y ellos te consuelan: no pasa nada, hijo, si lo estamos pasando muy bien. Y se cierra el ciclo, el padre vuelve a ser padre y el hijo, hijo, aunque la ilusión te haya durado unos segundos de gloria. Tu padre abre Google Maps y dice: «Creo que era por aquí». Y te das cuenta de que lo sabía desde el principio; de que te ha estado observando y ha visto la caída, pero te dejó seguir y ahora está tratando de que no te pese. Para que lo sigas intentando cien veces más.


